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Autor Tema: La Trinidad y el Evangelio  (Leído 719 veces)

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Sábado 08 de Abr, 2017, 14:06:37 pm
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Han pasado más de quince años, pero todavía recuerdo una pregunta que el profesor de teología nos hizo. ¿Cómo explicas la Trinidad en una sola oración?

“Fácil”, pensé. Y me puse a escribir. Y a borrar. Y a intentar otra vez. Así pasamos unos largos minutos en el aula hasta que el profe nos dijo que cada uno pusiera su concepto en el tablero. Después, empezó a explicarnos la herejía de cada uno. “Tu afirmación es un ejemplo buenísimo del modalismo, o sea la herejía que niega la realidad de las tres personas”, o “Está bien hasta la mitad, pero la segunda parte va en contra del monoteísmo”. Creo que ese día ninguno dio una explicación bien redactada y fiel a las Escrituras.

Pero, ¿no es la Trinidad un asunto solamente para los seminaristas y teólogos? ¿Qué tiene que ver la Trinidad con la docente de segundo de primaria, el mecánico o el guía turístico? ¿Qué tiene que ver con el evangelio? En este post, quiero dar una orientación inicial a este tema fundamental de nuestra fe.

De hecho, la Trinidad no es una doctrina solamente. Si nuestro entendimiento de las Escrituras es correcto, ¡la Trinidad es Dios! Nota que me refiero a las Escrituras. No sé cuántas veces he escuchado que la Trinidad fue un invento del Concilio de Nicea en 325 d. C. o de la tradición católica.

¿Será que es simplemente un producto de un concilio o la tradición? No, porque las Escrituras enseñan que Dios es trino, aunque la reflexión teológica a lo largo de varios siglos ayudó a que tengamos una comprensión y un vocabulario teológico más acertados para explicar lo que vemos en las Escrituras.

La verdad es que la reflexión en la Trinidad surge como resultado de prácticas de la Iglesia en el Nuevo Testamento. Por ejemplo, la fórmula del bautismo en Mt 28:19 naturalmente nos lleva a pensar en la relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

Otro ejemplo es la confesión de fe de Ro 10:9, “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”. Lee también la forma en que Pablo entiende el Shemá de Deu 6:4 a la luz de Cristo: “para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de él” (1 Co 8:6).

Las referencias a Cristo como Señor son una clara afirmación de su deidad, pero al mismo tiempo estas citas enseñan una distinción personal entre el Padre y el Hijo. Esta distinción no invalida el monoteísmo de la fe cristiana porque las tres personas comparten la misma esencia divina (Jn 1:1; 10:30-38). Tampoco son las tres personas simplemente manifestaciones del único Dios porque varios pasajes hablan de la relación entre el Padre y el Hijo en la eternidad (Jn 1:1-18; 17:1-5).

Si tienes interés en este último punto, también puedes leer un artículo que escribí acerca de la diferencia entre la unicidad y la Trinidad en este enlace.

Podríamos profundizar mucho sobre cada pasaje, pero por cuestiones de espacio vamos a enfocarnos en la Trinidad y el evangelio.

Veo por lo menos dos razones por las cuales la Trinidad de Dios es indispensable para el evangelio.
Primero, las Escrituras indican que solamente Dios puede salvar:

“Proclamad, y hacedlos acercarse, y entren todos en consulta; ¿quién hizo oír esto desde el principio, y lo tiene dicho desde entonces, sino yo Jehová? Y no hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más” (Isa 45:21-22).

Si el Antiguo Testamento enseña que Dios es el único Salvador, Cristo tiene que ser Dios para salvarnos. A pesar de argumentos complejos en la historia cristiana acerca de la Trinidad, este es quizás el más poderoso: Si Jesucristo no es Dios, ¿cómo nos puede salvar? ¿Un dios nos puede salvar? No. ¿Un hombre común y corriente nos puede salvar? Tampoco. El Salvador tiene que ser Dios en esencia.
Segundo, la Trinidad de Dios nos ayuda a explicar los pasajes que hablan de la mediación del Hijo.

El Hijo se hizo hombre (Jn 1:14) para salvarnos. Como Gregorio Nacianceno explicó, lo que no se asume, no se redime. Es decir, si Cristo no hubiera sido verdadero hombre, no habría podido salvarnos realmente (Heb 2:14-15). Pero como Él asumió nuestra naturaleza como ser humano sin pecado, nos puede salvar completamente. También nos puede representar ante el Padre como nuestro abogado (1 Jn 2:1).

Termino este post con las palabras hermosas de Heb 9:13-14”: “Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”

¿Ves la Trinidad en acción en estos versículos? El Hijo se ofreció al Padre como sacrificio perfecto por nuestros pecados y lo hizo mediante el Espíritu Santo. Las tres personas trabajan perfectamente unidas para lograr nuestra redención eterna. No podemos recibir ninguna gloria por esto, sino clamar, ¡gloria al Dios trino por su salvación!


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