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Orden Martinista
« en: Miércoles 15 de Abr, 2009, 10:48:29 am »
Orden Martinista


La Orden Martinista fue creada hacia 1890 por Papus y Augustin Chaboseau, entre otras personalidades del esoterismo, para transmitir la iniciación y doctrina de Martínez de Pasqually y de Louis Claude de Saint-Martin de quien la Orden toma el nombre.


Siguiendo la obra de Martínez de Pasqually, El Tratado de la Reintegración de los Seres a sus originales virtudes, poderes y cualidades, la Orden busca la Reintegración del hombre a sus condiciones anteriores a la caída.

La Orden esta dividida en tres grados:

Asociado
Iniciado
Superior Incongnito ("S.I.")
Existe un grado más que es el de “Libre Iniciador” o “L.I.”. Los iniciados de este grado deben ser “S.I.” y tienen la capacidad de iniciar nuevos Martinistas. Esta es una nota característica del Martinismo, pues un “L.I.” pueden iniciar libremente sin estar atado a estructura alguna. Justamente esta peculiaridad hace que existan diversas subórdenes martinistas todas las cuales pueden atribuirse ser transmisoras de una iniciación legítima.

Las principales líneas de herencia iniciática son dos, la llamada línea “rusa” y la “francesa”, siendo la primera mucho más “confiable” que la segunda.


Papus y la Orden Martinista

Dios al descubierto en el seno de nuestro ser, sin el socorro de las formas y las fórmulas. (…) el cristianismo sólo puede estar compuesto de la raza santa y sacerdotal que era la del hombre primitivo, o verdadera raza sacerdotal” (8).“Un Cristiano es aquél que vive en Cristo, y en quien el poder de Cristo está vivo” (9).

Partiendo de estas premisas, recordemos que un joven Papus (sólo tenía 21 años cuando funda en 1.887 la Orden Martinista), con un ingenio y una mente privilegiada como lo muestran sus obras y su intensa actividad iniciática, pone su mejor intención para congregar, n un entorno adecuado, a aquellos que de forma directa o indirecta hubiesen recibido el influjo de la actividad de Saint-Martin, y a todos los que de forma honesta y sincera quisieran participar de la luz de su obra, que ya comenzaba a estar algo olvidada. Según sus declaraciones sobre la naturaleza de la Orden Martinista y de acuerdo al antiguo ritual Martinista del siglo XVIIIº, el marco que diseñó para reunir a aquellas personas con deseo de entender y participar de la obra y el espíritu de Saint-Martin, de acuerdo a la naturaleza de sus enseñanzas, es el de una Caballería Espiritual Cristiana operando bajo una gran discreción. En un artículo titulado “Acerca del Martinismo” (10), Papus escribe: “La Orden Martinista es una sociedad mística […], un centro activo de difusión iniciática […] constituido para propagar las líneas de la tradición occidental cristiana […]. Otra característica es la de aceptar en su seno a hombres y mujeres […]. La tercera característica del Martinismo es la de ser cristiano. El Martinismo defiende la acción del Cristo. El Martinista es el caballero de la idealidad cristiana. Mediante la enseñanza oral de la tradición occidental cristiana pone a punto al alma para percibir la vivificante acción del Verbo divino del Cristo glorioso…” En su obra “Martinezismo, Willermo-zismo, Martinismo y Francmasonería”, escribe: “… resaltemos que la Orden recibió de Saint-Martin el Pantáculo y el nombre místico de Cristo, (יהשוה(11, que adorna todos los documentos oficiales del Martinismo. Es necesaria la mayor fe de un clérigo para creer que ese nombre sagrado se relacione con otro diferente del de Jesús Cristo, el Divino Verbo Creador” (12). “La filiación Martinista se mantuvo viva gracias a pequeños grupos muy dinámicos, que efectuando un modesto ocultismo fiel a la conservación de la tradición iniciática del espiritualismo, caracterizado por el Misterio de la Santísima Trinidad y los misterios de Cristo, la alejaron de todo sectarismo” (13).

Señalemos también que, dada la desconfianza y los ataques que el clero del catolicismo romano ejercía en la época sobre este tipo de sociedades iniciáticas, y en particular contra aquellos ocultistas declarados como era el caso de Papus, había un posicionamiento anticlerical muy marcado que alejaba a la Orden Martinista de toda dependencia o relación con el clero.

Mucho más tarde, Jean Chaboseau reivindicaría este espíritu cristiano al observar que algunos Hermanos manifestaban cierta relajación al respecto: “El Martinismo es cristiano, esencial e integralmente cristiano y uno no podría concebir a un Martinista que no sea fiel a Cristo -al Cristo Jesús, único Salvador y Reconciliador, Encarnación del Verbo” (14).

Papus planteó así las líneas maestras de esta caballería espiritual y moral basada principalmente en la caridad cristiana, y contrariamente a lo que puedan pensar algunos frente al volumen y la diversidad de su obra, interesada en divulgar y justificar aquello que hasta la época era denominado “Ciencia oculta”, nos da muestras de estos ideales sin distracciones: “El camino del desarrollo espiritual es sencillo y claro: vivir siempre para los demás y nunca para uno mismo, hacer a los demás lo que os gustaría que os fuera hecho en todos los niveles; jamás hablar mal ni pensar mal de los ausentes. Hacer antes lo que cuesta que lo que gusta. Éstas son algunas de las fórmulas de este camino que conduce a la humildad y la oración. […] El camino místico necesita pues de una ayuda permanente en todos los niveles de evolución y de percepción. En el plano físico, ayuda de los compañeros y de los maestros que enseñan con el ejemplo; en el plano astral, ayuda de los pensamientos de devoción y de caridad que iluminan el camino y permiten superar las pruebas por la paz del corazón; finalmente, en el plano espiritual, ayuda de los espíritus guardianes mantenida por la compasión por todos los pecadores, la indulgencia por todas las debilidades humanas, y la oración por todos los ciegos y los enemigos. Entonces las sombras terrestres se disuelven poco a poco, la cortina se descorre durante unos segundos y la sensación divina de la Oración comprendida llena el corazón de coraje y de amor” (15). Con estos ideales, que inspiran el ritual Martinista, la invocación en todos los trabajos de Ieshuah, el divino Reparador, y “bajo los auspicios del Filósofo Desconocido, nuestro Venerable Maestro”, se opera en la búsqueda y la realización de la única iniciación que proclama Saint-Martin como verdadera: “aquella por la que podemos entrar en el corazón de Dios, y hacer entrar el corazón de Dios en nosotros, para hacer un matrimonio indisoluble, que nos haga el amigo, el hermano y el esposo de nuestro divino Reparador” (16).


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Reconociendo el carácter místico y cristiano de la Orden, respetando en todo momento la libertad del individuo, agrupando a aquellos que silenciosa y pacientemente buscan la verdad, siempre se ha mantenido en el Martinismo un espíritu abierto y respetuoso con otras vías tradicionales, pues la experiencia de lo divino trasciende a las formas que se acercan a ella y, lejos de separar, une aún más a los hombres que se reconocen así como participando de la misma naturaleza celestial; pero le será más difícil mantener el rumbo adecuado al peregrino que se distrae en los cruces de caminos. R. Ambelain nos dice: “La Verdad es una, y las doctrinas esotéricas no son más que rayos que de ella escapan. Sin duda. Pero es necesario que cada una ocupe su lugar; no es armonioso que un lama predique el evangelio, que un imán enseñe el tantrismo, que un yogui sólo afirme las Tríadas y que un cabalista se declare taoísta” (17). Respetando así las vías que han sido abiertas, la ascesis Martinista sigue la luz de Ieshuah, nuestro guía, el Reparador, encarnado para guiarnos en el camino de la Reintegración renaciendo continuamente en los corazones iluminados e inflamados por el Espíritu Santo. Pero es que la Potencia de este Reparador, Espíritu doblemente fuerte u Octonario (18)que Dios envió para regenerar al Adán Kadmón caído en la materia, es universal. “Toda la religión Cristiana [religión en su verdadero sentido de religar al hombre con Dios] está basada en el conocimiento de nuestro origen, de nuestra actual condición y de nuestro destino. Ella muestra primero cómo de la unidad caímos en la diversidad, y cómo podemos retornar al estado primordial. Segundo, muestra lo que éramos antes de volvernos desunidos. En tercer lugar, explica la causa de la continuación de nuestra presente desunión. Y, en cuarto lugar, nos instruye sobre el destino final de los elementos mortales e inmortales dentro de nuestra constitución. Todas las enseñanzas de Cristo no tienen otro objetivo que el de mostrar el camino para volver a ascender de un estado de diversidad y diferenciación a nuestra unidad original…” (19), porque “Todo lo que es coeterno con ella [con la Unidad] es perfecto. Todo lo que se separa de ella está alterado o es falso” (20). Esta es la enseñanza de nuestras Luminarias: “la diversidad retornando siempre hacia la Unidad” (21). Sólo en este sentido puede el Martinista ser considerado FILÓSOFO o AGENTE DE LA UNIDAD, título que jamás adquirirá a través de la ciencia del hombre ni a través de sincretismo de ningún tipo, ya que “Todas nuestras disputas y especulaciones intelectuales con relación a los misterios divinos son inútiles, pues se originan en fuentes externas. Los misterios de Dios sólo pueden ser conocidos por Dios; para conocerlos debemos primero buscar a Dios en nuestro propio centro. Nuestra razón y voluntad deben retornar a la fuente interior de la cual se originan; entonces llegaremos a la verdadera ciencia de Dios y sus atributos” (22). Si dedicamos nuestra vida sólo a cultivar el saber intelectual cuya complejidad hunde sus raíces en la imaginación y la razón humanas, percibiremos que cuanto más aprendemos, más se aleja de nosotros el límite de lo que nos queda por aprender. Pero si en un solo instante nuestro corazón se abre a la fuente divina, la gnosis eterna (Sophia) romperá el velo que envuelve nuestro verdadero entendimiento revelándonos la sabiduría celeste, aquella de la cual la verdad humana no es más que un sombrío reflejo desfigurado y a veces pervertido. Es así que, repito una vez más, el verdadero cristianismo se hace universal, pues abiertos los ojos del espíritu, el ser regenerado se da cuenta de que “Todos nuestros sistemas religiosos no pasan de ser obras del intelecto. Debemos repudiar todos los deseos personales, disputas, ciencias y voluntad, si queremos restaurar la armonía con la madre que nos dio nacimiento en el principio; por el momento, nuestra alma es el quintal de centenas de animales maliciosos, que nosotros mismos colocamos allá, en el lugar de Dios, y a los cuales adoramos como si fuesen dioses. Tales animales deben morir antes que el principio Crístico pueda comenzar a vivir. El hombre debe retornar a su estado natural (pureza original), antes de poder volverse divino”. “Sólo aquél en quien el Cristo existe y vive es un Cristiano, un hombre en quien el Cristo surgió de la carne estéril de Adán. Él será un heredero de Cristo –no por cuenta de méritos de nadie, ni por ningún favor concedido a él por un poder externo, sino por la gracia interna”. “Él [el verdadero cristiano] posee una única ciencia, que es la del Cristo interior; sólo tiene un deseo, hacer el bien” (23). Si entendemos correctamente esto comprenderemos por qué “el propósito de nuestra Orden no es el de establecer maestros dogmáticos, sino más bien, al contrario, agrupar a sinceros estudiantes devotos de la hermandad de la verdad universal”, oponiéndose a todo “dogma, ostracismo y fanatismo”. Desafortunadamente, quien no alcanza a entender el verdadero sentido de estas palabras en el contexto natural que les corresponde, camina justo en sentido contrario, no hacia el origen unificador del Cristo, sino hacia una proyección que divide hasta el infinito a la frágil razón humana, que se cree poderosa cuanto más atrapada se encuentra en la imaginación demoniaca y más se pierde así en los valles tenebrosos de la muerte. “Feliz, en verdad, es ese hombre que encuentra la sabiduría que le unifica y le une a Dios” (24).


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Quisiera aclarar aquí que, a menudo, algunas veces por ignorancia y otras por intentar justificar una transmisión iniciática horizontal según los usos ceremoniales o rituales, se pretende equiparar la Iniciación, tal como la concibe Saint-Martin, con esta otra que se dispensa en el seno de la Orden Martinista, tal como fue ordenada por Papus, y que se fue desarrollando con ciertos matices según las distintas ramas que han surgido de la Orden primera. Esto es absurdo, pues tal como hemos dicho, la Iniciación que proclama Saint-Martin es algo interno que ocurre en el corazón del hombre, en su fondo, en su esencia, revelándose finalmente como una teofanía, una obra de generación de la presencia divina, pues Dios, el Verbo, se manifiesta sustancialmente como Dios en el hombre, Dios manifestado por el hombre, Dios pronunciando su Verbo en nosotros, Emmanuel, el Hijo amado del Padre surgiendo de las profundidades del abismo insondable de nuestro ser: “…el Dios único que ha elegido su santuario único en el corazón del hombre, y en este hijo querido del espíritu que todos debemos hacer nacer en nosotros…” (25). Es evidente que esta revolución interior no puede ser concedida por nadie, porque es fruto y consecuencia de la regeneración que sólo el ser, por sí mismo, puede llevar a cabo con la ayuda de Dios. “Las sociedades iniciáticas –nos dice Papus- tienen por objeto principal desarrollar la naturaleza humana y hacerla apta para recibir las influencias directas de los planos superiores. Deben desarrollar, sobre todo, la intelectualidad sin descuidar la espiritualidad; he aquí uno de los axiomas que enseñan: la iniciación es siempre individual y la sociedad no puede más que enseñar la ruta, para evitar los senderos peligrosos” (26). Y en el caso que nos ocupa, esta ruta viene trazada en la Obra de Saint-Martin, a cuyo estudio y asimilación está dedicado todo Martinista para llegar a alcanzar el estado de regeneración espiritual del que hemos hablado. La Orden Martinista se convierte así en una congregación fraternal de Hombres de Deseo animados por aspiraciones puras a convertirse en Hombres Nuevos, y si la gracia les alcanza, en Hombres Espíritu, verdaderos Hijos de Dios.

Robert Amadou nos dice al respecto de la iniciación en el seno de la Orden Martinista: “Reconozcamos, todavía, que la iniciación ritual es el medio más común y el más fácil de ingresar en la Orden Martinista. Ella proporciona a todo aquél que la recibe una poderosa ayuda. Un auxilio místico, en primer lugar, de los Hermanos pasados o presentes, en comunión de los cuales nos permite entrar más fácilmente. Ayuda moral y también material de los miembros contemporáneos. Auxilio intelectual por el socorro que solicita en el estudio de la doctrina, sea por trabajos en común, sea por la voz de los adeptos más avanzados, sea, principalmente, por las tradiciones de las cuales esos adeptos son el reflejo y que duermen en el seno de la Orden, no esperando sino un príncipe cuyo amor vendrá a despertarlas” (27).


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Papus fue también el principal animador de un movimiento de renovación, a finales del siglo XIXº, de los estudios esotéricos. Rodeado de escritores de talento, investigadores y eruditos, se propuso, y así lo hizo, hacer llegar al público, incluso a los menos enterados, esta forma misteriosa y peculiar de comprender el universo, la metafísica y la ciencia. Pero la prolífica obra y actividad de Papus no siempre ha ayudado a mantener el Martinismo dentro de lo que deberían ser sus legítimos límites, al igual que algunos de sus colaboradores que participaban también de un afán por reunir el conocimiento disperso a través de las distintas tradiciones. De aquí que se hayan añadido al estudio de la doctrina Martinista conceptos provenientes de la kábala, la astrología, el hermetismo, la magia, el tarot, la alquimia, etc., y esto se ha incrementado en mayor o menor medida según nuevos desarrollos han venido separándose del origen. Ya en los rituales preparados por Teder (28)para masonizar la Orden, aprobados por el Supremo Consejo de la misma en 1.913, se pretende hacer del Martinismo un receptáculo de las claves de la Sabiduría Antigua según la historia del hermetismo, de sus doctrinas, de sus ritos, de sus ceremonias y de sus hieroglifos, recogiendo así ciertas tradiciones rosicrucianas herméticas y cabalistas, todo esto mezclado con continuas referencias al Filósofo Desconocido y a su primer maestro, Martinez de Pasqually, olvidando, tal como advertía Saint-Martin, que “la posesión de todas las ciencias posibles sólo sería para nosotros un tesoro embarazoso, dudoso e incluso pernicioso, si no hemos sido bien instruidos por adelantado sobre cuál debe ser su verdadero objetivo, y cuáles son los medios que tenemos continuamente que tomar para cumplir perfectamente su objeto” (29). Fue muy fácil y muy seductor caer en los mismos errores que intentó combatir Saint-Martin al separarse del sistema masónico, sobre el que Teder quería volver a fundamentar de nuevo el Martinismo, intento que el propio destino abortó, si es que podemos hablar de destino donde la providencia divina actúa. Esto provocó que, tras la muerte de Papus, un grupo de Hermanos y Hermanas retomara el primer espíritu de la Orden volviendo a la sencillez de sus primeros rituales, dando nacimiento así a la Orden Martinista & Sinárquica que se ha mantenido activa hasta nuestros días.

No podemos negar que ninguna rama del Martinismo moderno ha quedado exenta de esta influencia ocultista, más o menos, y es por ello que, en los tiempos actuales, ha llegado la hora de poner orden dentro de casa y separar lo propio de lo ajeno, recobrando así la verdadera identidad que por su naturaleza intrínseca, de acuerdo a su origen verdadero, le corresponde al Martinismo. No quiero restar importancia ni menospreciar otras importantes tradiciones, muy al contrario, siento por ellas un profundo respeto, pero creo que no forman parte del sistema que nos es propio y que se ha dado en llamar la “vía del corazón” o una “teúrgia intracardiaca”, de la cual Saint-Martin dice: “tenemos lo interno que lo enseña todo y protege de todo, el corazón, donde todo pasa entre Dios y el hombre, por la mediación única de Cristo y los desposo¬rios de la sabiduría. El reencuentro con la cosa se hace místico” (30).

En los prolegómenos de los primeros “Cuadernos de la Orden reservados a las Logias Regulares y a los Iniciadores” (31), redactados entre 1.887 y 1.891, se hace la siguiente referencia a Nuestro Venerable Maestro, dicho el Filósofo Desconocido: “Iniciado en la práctica del hermetismo por Martinez de Pasqually, en el conocimiento del Absoluto por mediación de las obras de Jakob Böhme, Saint-Martin defendió siempre la pureza de la Tradición contra las usurpaciones de los profanadores”. Si Saint-Martin pudiese ver las aberraciones que han aparecido y siguen apareciendo en relación con su nombre y su obra, posiblemente se hubiese avergonzado de lo que algunos proclaman o han proclamado como Martinismo, pues los profanadores han terminado por usurpar el mismo título de “Martinista”.


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Cualquiera que sea el vehículo, la iniciación Martinista debe estar totalmente penetrada por el espíritu de Saint-Martin. Por lo tanto, Hermanos Martinistas, pongamos manos a la obra y no perdamos más tiempo con distracciones que, la mayoría de las veces, sólo nos conducen a dar vueltas en un círculo sin principio ni fin, y cuando invoquemos a los Maestros Pasados, pidamos ayuda para reconocer el verdadero Camino de la Reintegración, la Ruta Interior que le trazó el Filósofo Desconocido por la voz grave y amable de Louis-Claude de Saint-Martin. Nuestro camino es silencioso y más bien solitario, y nuestros trabajos colectivos están imbuidos de caridad (32) cristiana y, como consecuencia de ello, de una profunda y sincera fraternidad entre los miembros. Un Templo Martinista jamás puede ser manchado por el fanatismo, la animosidad, la falsedad y la discordia, y siempre deben habitar en él la caridad, la paz, la verdad, la bondad, la compasión y la comprensión. “Que la paz, la alegría y la caridad permanezcan en nuestros pensamientos, en nuestros labios y en nuestros corazones, ahora y por toda la eternidad”, para que podamos ser reconocidos por nuestros Hermanos y nuestros Maestros, tanto visibles como invisibles.

Tal es la obra a cumplir en el seno de nuestra Orden, que debe emular en lo posible esa “Sociedad” pensada por Saint-Martin como una Fraternidad del Bien, de Hermanos Silenciosos e Invisibles consagrando sus trabajos a la celebración de los misterios del nacimiento del Verbo en el alma, círculo íntimo de piadosos Servidores de Ieshuah, que no debería tener “ninguna especie de parecido con ninguna de las sociedades conocidas” (33).

Nuestras “enseñanzas son elementales, los símbolos poco numerosos, pero suficientes al modesto objetivo de nuestra Orden. Sus miembros conocen pocas cosas, pero las conocen bien y poseen los elementos de un desarrollo personal que puede conducirles aún más lejos. Desconocidos y Silenciosos, no esperan otra cosa de sus trabajos que la infinita satisfacción que procura la seguridad de una conciencia pura y de un corazón dispuesto a todos los sacrificios por la humanidad” (34)

Fuente Wikipedia.org
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